En el momento que decides atravesar Asia, uno de los mayores quebraderos de cabeza va a ser el tema de los visados.
Una tupida red burocrática, que cambia las normas cada cierto tiempo, es capaz de acabar con la paciencia de l@ viajer@ más tenaz.
Cuando en 2004 Aitor, Amaia e Iñigo decidieron viajar en el mítico tren que hace la ruta desde San Petersburgo (antigua Leningrado) hasta Beijing, no sabían lo que tendrían que pelear con las embajadas.
Al final, es el dinero el que engrasa esa maquinaria, y una vez que apoquinas, todo empieza a ir más rápido. En cuanto llegaron los pasaportes con los sellos estampados, cogimos un avión para las Rusias.
Estuvimos unos días conociendo Moscú y San Petersburgo, esta última ciudad nos pareció especialmente atractiva para perderse una buena temporada, a pesar de que solo tenga 60 días de sol al año.
En la Plaza Roja de Moscú, ves como el capitalismo se esfuerza en recordar a todo el mundo quién es el que manda hoy en día. Ver cómo la gente se come su ración de mierda del McDonalds a escasos metros de la tumba del Señor Vladimir Ilich Uliánov "Lenin" nos quitó el hambre ese día.
En un supermercado donde la mayoría de estanterías estaban llenas de alcohol, pillamos algunas provisiones para afrontar la primera etapa de viaje en tren hasta la ciudad de Irkutsk, a orillas del lago Baikal.
Todavía recordamos la impresión que nos causó ver la tabla de trenes al entrar a la estación. Podíamos ver los horarios de salida para destinos como Beijing, Ulan Baatar, Vladivostov... palabras mayores.
Fueron más de tres días atravesando Siberia, viendo el paisaje e imaginando la cara que pondrían los deportados al llegar a estas latitudes. Kilometros y kilómetros de tundra, a veces interrumpidos por inmensos bosques de abedules, ríos y lagos. El tiempo en el tren se detiene. Aunque atraviesas 7 husos horarios, a bordo se mantiene invariable el horario de Moscú. Aprovechamos las paradas para pasear por los andenes de la estación, donde se montan improvisados mercados de todo tipo de artículos: desde pescado ahumado y fruta, pasando por cerveza, noodles, hasta vajillas completas.
No conviene perder de vista a las Provonitsas (responsables del vagón), cuando ellas suben al tren, más vale que hagas lo mismo, porque es señal de que el convoy reemprende la marcha. Más de un@ se ha quedado colgad@ en medio de Siberia a cuenta de un despiste.
Tuvimos la suerte de coincidir en el compartimento con George. Fue nuestro profesor particular de ruso, y ya cayeron buenas timbas de poker. Sospechamos que el colega tenía unas cuantas dioptrías, porque encontraba a nuestro compañero Aitor clavadito a Antonio Banderas cuando éste recorría vagon arriba y vagon abajo a lomos de un caballo imaginario para celebrar sus victorias. Todavía le caen vaciles.
La siguiente parada fue la capital de Mongolia Ulan Bator. Allí aprovechamos para conocer el país de los nómadas. Alquilamos un 4x4 con el mayor alcohólico del país al volante, el señor Daba.
Primero nos dirijimos hacia el sur, para visitar el desierto del Gobi. No sé si se ha comentado aquí la facilidad que tiene nuestro amigo Aitor para atraer borrascas, pues en el Gobi todavía recuerdan las riadas que tuvieron lugar con motivo de su visita.
Dormíamos con familias nómadas en sus ger (o yurtas), viendo que afortunadamente no han cambiado mucho las cosas desde los tiempos de Gengis khan. Solo algunas yurtas con unas destartaladas televisiones en blanco y negro y motos aparcadas es lo único que les distingue de sus antepasados.
El airag y el vodka han calmado sus ansias de conquistar todo el continente, pero todavía les gusta la pelea. Todas las noches, despues de cocerse, nuestro conductor buscaba a Iñigo para practicar el sumo.
Gastronómicamente hablando fue el peor de los destinos visitados en nuestras vidas. Ni el queso de camello, ni los buñuelos de carne con grasa, ni la grasa con carne, ni el airag y ni el vodka dieron una mísera alegría a nuestros estómagos. Tampoco las noches pasarán a la historia. Ni la ausencia de duchas...pero tuvimos tantas otras compensaciones!
Algunos comentaban que la villa de Karakorum, otrora capital fundada por Gengis Khan y olvidada durante siglos, que para celebrar el 800 aniversario de su fundación la iban a nombrar capital de Mongolia. Parece difícil imaginarse ver desfilar ministros en un sitio donde hoy pasean ovejas.
En mitad de la nada coincidimos con un surrealista grupito de militares sacados de una película de los hermanos Marx, en el que se encuentra el hermano de nuestro amigo Daba. Nos los encontramos comiendo marmota y levantando un garrafón de airag. Sacamos nuestras botellas de vodka ruso que compramos para estas situaciones y nos unimos a la fiesta. De lo que sucedió después mejor no hablar ya que nos nombrarían blusas del año, cosa de lo que no nos orgulleceríamos.
Así pasaban los días y de vuelta a la capital conseguimos un billete en el Transmongoliano con la única pega que no nos llevaba a Beijing sino hasta la frontera. De la frontera a la capital china tendríamos que buscarnos la vida. Y fue flipante.
Sufrimos un shock al pasar de uno de los países con menos densidad de población al país más poblado del mundo. Conseguimos unos billetes en una rifa en la que no entendíamos nada y comprendimos que nos dieron los billetes de unos mongoles que se negaban a ostia limpia a quedarse en tierra. Los autobuses de larga distancia chinos son una tortura. Vamos tumbados rodeados de chinos. Todo el mundo conoce la curiosa forma de entender los modales de esta milenaria cultura. No queremos dar excesivos detalles pero lo combatimos con humor para evitar acabar tirándonos del bus en marcha.
En Beijing nos hacemos a la vida china y adoptamos las mismas costumbres, cosa que a Amaia no le hacía ni gracia. Pasamos unos días en los que para escapar de la vorágine diaria nos alojábamos en un reducto de paz en plena parte vieja. China nos sorprende por la frenética actividad de sus gentes.
Disfrutamos como enanos sumándonos a los pelotones de bicis urbanos, jugamos a las adivinanzas y pedimos al azar cuando nuestros estómagos nos piden comida. Visitamos la Ciudad Prohibida, el Templo de sol y la muralla china en su tramo de Simatai.
Cuando años después hojeamos el diario no podemos evitar torcer el morro y sonreir cuando vemos en el mapa el recorrido de este viaje. Empezamos viendo rubias despampanantes, seguimos conviviendo con los descendientes de uno de los pueblos más guerreros de la historia y acabamos en el país de pequeños hombrecitos de sonrisa eterna herederos de una ancestral cultura. Casi nada...
El transiberiano nos marcó el punto de partida a otros objetivos más ambiciosos. Quién sabe si este mítico tren cambiará nuestras vidas para siempre.